Hay historias que comienzan con grandes planes y otras que nacen de circunstancias completamente inesperadas. La historia de Tamashii Honduras pertenece a las segundas.
Hace más de una década yo impartía clases de karate en MMA Costa Rica, la academia del Sensei Milton Marín, en Pinares. Durante muchos años mantuvimos allí un grupo fuerte y consolidado de aproximadamente 40 alumnos.
MMA Costa Rica tenía una característica especial: bajo un mismo techo convivían diferentes artes marciales y deportes de combate. Había karate, kickboxing, boxeo, jiu-jitsu, capoeira y otras disciplinas. Su ubicación, cerca de la Universidad de Costa Rica, hacía además que fuera un lugar con mucho movimiento y una comunidad muy diversa.
Un día recibí una llamada de Milton. Se le había estallado una llanta y no iba a poder llegar a impartir su clase de kickboxing. Como nuestras clases coincidían en horario, aunque normalmente utilizábamos espacios diferentes, me preguntó si podía recibir a sus alumnos y hacer una sola clase con ellos y mis alumnos de karate. Yo acepté.
Sin saberlo, aquella pequeña contingencia terminaría teniendo consecuencias que llegarían mucho más allá de Costa Rica.
Una clase inesperada
Entre los alumnos de kickboxing recuerdo particularmente a dos jóvenes cuyo acento inmediatamente me llamó la atención. Eran hondureños: Tulio Cálix y su amigo Miguel.
Para alguien que viene de otros deportes de combate, el karate puede producir impresiones muy diferentes dependiendo de la escuela que conozca. Kyokushin tiene una característica particular: es un karate de contacto, físicamente muy exigente y con una concepción del combate que sorprendió a Tulio. Al terminar aquella clase se acercó a conversar conmigo y me explicó que había tenido una idea completamente diferente de lo que era el karate y que no imaginaba que pudiera entrenarse de aquella manera. Quería aprender más.
A partir de ahí, Tulio y Miguel comenzaron a asistir a nuestras clases.
Nuestra sede principal estaba en Escazú. Allí teníamos más horarios, una comunidad considerablemente mayor y muchos de nuestros alumnos avanzados. Cuando Tulio me preguntó qué podía hacer para progresar más rápidamente, mi respuesta fue sencilla: entrenar más.
Le propuse que viniera regularmente a entrenar en Escazú.
Y hay que reconocer algo que siempre formará parte de esta historia: Tulio se lo tomó en serio.
Durante aquella etapa hizo el esfuerzo de trasladarse constantemente entre ambas academias y se convirtió en un alumno activo de nuestro dojo, avanzando desde cinturón blanco hasta los grados intermedios.
Una conversación en las gradas
Tiempo después me encontré a Tulio particularmente preocupado. Había venido a Costa Rica a estudiar y como sucede con muchos jóvenes que salen de su país, estaba tratando de descubrir qué camino tomar.
Su situación laboral en Costa Rica no parecía corresponder con lo que esperaba y no tenía claro qué hacer después. Terminamos conversando en las gradas del dojo.
En algún momento, casi por reflejo, le hice una pregunta: “¿Hay academias de karate como esta en Honduras?”
Siempre he creído que una academia de artes marciales bien administrada, con una metodología sólida, pasión por enseñar y un producto de calidad puede convertirse no solamente en una comunidad extraordinaria, sino también en un proyecto profesional sostenible.
Tulio me explicó cómo veía la situación del karate en Honduras y particularmente en su ciudad, San Pedro Sula. Y entonces vi algo que me pareció una oportunidad extraordinaria.
Dos mercados completamente diferentes
En aquel momento, desarrollar una academia de Kyokushin en Costa Rica y hacerlo en San Pedro Sula representaban dos realidades comerciales muy diferentes.
Costa Rica tenía desde entonces una comunidad de karate mucho más fragmentada y competitiva. Había diferentes escuelas, organizaciones, profesores y propuestas. Para desarrollar Tamashii aquí había que trabajar constantemente en diferenciarnos: metodología, calidad de enseñanza, programas para niños, presencia en colegios, servicio, instalaciones y una identidad propia.
Con los años esa fragmentación ha aumentado todavía más. Actualmente pueden encontrarse en Costa Rica alrededor de 15 organizaciones o grupos relacionados con distintas líneas de Kyokushin y sus derivados.
San Pedro Sula presentaba entonces el escenario opuesto. Hasta donde pudimos determinar en aquel momento, no existía una escuela establecida de karate Kyokushin en la ciudad , lo cual representaba para mí, una oportunidad enorme.
En lugar de entrar en un mercado donde tendríamos que disputar alumnos con numerosas organizaciones similares, existía la posibilidad de introducir un producto prácticamente nuevo y construir una comunidad desde cero.
Además, San Pedro Sula reunía características que me parecían particularmente favorables: una fuerte actividad empresarial e industrial, excelentes colegios privados, una población importante y fundamentalmente, era la ciudad natal de Tulio.
Mi razonamiento era sencillo: si habíamos logrado desarrollar un proyecto sólido en Costa Rica dentro de un mercado altamente competitivo ¿qué podría ocurrir si llevábamos ese mismo modelo a una ciudad donde prácticamente no existía una oferta equivalente?
El tiempo terminaría respondiendo esa pregunta.
Durante los siguientes doce años, San Pedro Sula no tuvo prácticamente ninguna competencia directa dentro del mismo segmento de Kyokushin.
Aquella condición de mercado, combinada con el trabajo que posteriormente realizarían Tulio y su equipo, fue uno de los factores que permitió que Tamashii Honduras tuviera un enorme espacio para desarrollarse. Pero para aprovechar aquella oportunidad había un problema que resolver primero: Tulio todavía no era cinturón negro.
Un año para prepararse
Le dije que estaba dispuesto a ayudarlo a abrir Tamashii en Honduras, pero que necesitábamos prepararlo mucho más antes de poner una academia bajo su responsabilidad.
Nuestra meta era acelerar su preparación hasta alcanzar, como mínimo, el nivel de cinturón marrón antes de la apertura. La propuesta era exigente.
Si realmente quería hacerlo, durante aproximadamente un año tendría que dedicarse intensamente a aprender no solamente karate, sino también cómo enseñar karate.
La primera etapa consistiría principalmente en observar.
Durante aproximadamente seis meses, Tulio me acompañaría a impartir clases en diferentes ambientes: niños pequeños, niños mayores, juveniles, adultos, grupos competitivos, colegios y dojos. Necesitaba comprender que enseñar a un niño de cinco años no es lo mismo que preparar a un competidor juvenil, dirigir una clase de adultos o introducir karate dentro de una institución educativa.
Después vendría una segunda etapa, también de aproximadamente seis meses, en la que él asumiría progresivamente la enseñanza mientras yo observaba, corregía y acompañaba su desarrollo como instructor. Era una apuesta importante porque implicaba que Tulio reorganizara completamente su vida.
Un día me llamó por teléfono: “Sensei, ya renuncié al trabajo.”
Sus padres fueron fundamentales durante aquella etapa. Creyeron en él, lo apoyaron y algo que siempre he valorado, creyeron también en el proyecto que estábamos intentando construir.
Durante meses Tulio pasaba por mi casa y comenzábamos jornadas de enseñanza que podían llevarnos por diferentes puntos de San José. Me acompañaba a colegios como Pan-American, Country Day y Blue Valley, además de nuestras clases regulares en Escazú y Pinares.
Observó. Aprendió. Comenzó a enseñar. Fue corregido. Volvió a enseñar.
Y se tomó el proceso con mucha seriedad.
Al finalizar aquella preparación y alcanzar el nivel que consideramos necesario para iniciar el proyecto, gradué a Tulio como cinturón marrón.
Entonces llegó el momento de ir a San Pedro Sula, Honduras.
Honduras tiene dos grandes centros urbanos con característias muy distintas: Tegucigalpa, su capital y San Pedro Sula, una ciudad con una enorme actividad industrial y empresarial y con importantes instituciones educativas privadas.
Decidimos concentrarnos en San Pedro Sula, pero no llegamos simplemente con uniformes y una idea.
Durante años, nuestros programas de karate y prevención del bullying habían trabajado con importantes colegios privados en Costa Rica. Habíamos construido excelentes relaciones con instituciones como Humboldt, Pan-American, Blue Valley, Country Day y Lincoln.
Antes de viajar solicité cartas de recomendación.
Los directores de estas instituciones educativas tuvieron la enorme gentileza de escribir referencias sobre nuestro trabajo para que pudiéramos presentarnos ante colegios privados hondureños.
Tocando puertas.
Tulio y yo viajamos entonces a San Pedro Sula llevando aquellas cartas y comenzamos a tocar puertas.
Nos reunimos personalmente con directores de colegios. Presentamos el proyecto, explicamos la experiencia que habíamos construido en Costa Rica, hablamos sobre Tamashii, sobre mis credenciales y sobre el proceso de formación que Tulio había realizado. Mi responsabilidad era respaldarlo y explicar que contaba con mi apoyo para desarrollar aquel proyecto. Era, finalmente, el comienzo de Tamashii Honduras.
Tulio y yo viajamos entonces a San Pedro Sula llevando aquellas cartas y comenzamos a tocar puertas.
El primer dojo
Mi recomendación inicial fue deliberadamente conservadora.
No tenía sentido comenzar una academia nueva cargándola inmediatamente con un alquiler elevado y todos los costos asociados con mantener un local independiente. Primero había que construir una comunidad.
La estrategia consistía en desarrollar grupos en colegios y encontrar un lugar bien ubicado que pudiera alquilarse por horas para las clases regulares. De esa manera sería posible crecer progresivamente sin poner sobre el proyecto una estructura de costos innecesaria.
Así encontramos el primer hogar de Tamashii Honduras.
Fue dentro de un gimnasio de CrossFit que muy amablemente nos permitió utilizar un espacio adecuado para impartir nuestras clases con independencia y sin interrupciones.
No era una enorme academia. No hacía falta que lo fuera. Lo importante era que finalmente Tamashii Honduras tenía un lugar donde comenzar.
Los años de construcción
Abrir la puerta era apenas el principio. Durante los primeros años viajé regularmente desde Costa Rica a Honduras para continuar capacitando a Tulio y posteriormente a los instructores que comenzaron a surgir alrededor del proyecto. Pero la formación tampoco ocurrió únicamente en Honduras.
Después de recibir su cinturón marrón y comenzar el proyecto hondureño, Tulio continuó viajando a Costa Rica para capacitarse, entrenar y seguir desarrollándose técnica y pedagógicamente conmigo y con nuestros grupos.
Mientras Tamashii Honduras crecía, su propia formación continuaba. Con el tiempo llegó otro momento importante de aquel proceso: gradué a Tulio como cinturón negro 1er Dan. Para mí aquello tenía un significado especial.
Cuando habíamos comenzado a hablar de Honduras en aquellas gradas, Tulio era todavía un alumno de grados iniciales. Precisamente una de mis principales preocupaciones había sido cómo prepararlo responsablemente para que algún día pudiera alcanzar el nivel necesario para dirigir y desarrollar su propio dojo. Ahora ese objetivo se había convertido en realidad.
Tulio siguió entrenando y acumulando experiencia. Aproximadamente dos años después de aquella graduación, lo gradué nuevamente, otorgándole su 2º Dan.
Su proceso había recorrido ya un largo camino: desde aquel primer encuentro como cinturón blanco en Costa Rica, pasando por el año intensivo de preparación, el cinturón marrón, la apertura en Honduras, sus continuos viajes de capacitación a Costa Rica y finalmente sus grados de 1er y 2do Dan.
Mientras tanto, yo continuaba viajando a Honduras. Algunos de aquellos viajes fueron particularmente intensos. Recuerdo salir de mi casa aproximadamente a las tres de la mañana para tomar un vuelo y llegar a Honduras temprano. Tulio podía tener preparado un itinerario que comenzaba alrededor de las ocho de la mañana y prácticamente no se detenía.
Charlas en colegios.
Reuniones con profesores y directores.
Entrevistas en canales de televisión.
Presentaciones. Capacitaciones.
Y después, desde media tarde hasta las nueve de la noche, clases con diferentes grupos.
Al día siguiente, otra vez.
Lo hicimos muchas veces. Conforme aumentó el número de alumnos llegó también el momento de organizar competencias propias.
Mi primo Mario se incorporó para ayudarnos con la parte logística y juntos desarrollamos los primeros torneos. Recuerdo jornadas en las que fui árbitro central prácticamente desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, combate tras combate, mientras Mario colaboraba con la organización necesaria para que todo funcionara.
Esos primeros eventos comenzaron también a darle identidad y tradición a la comunidad hondureña.
De Honduras al mundo
Con el crecimiento del dojo también llegó una nueva etapa para Tulio. Quería que pudiera conocer directamente a algunas de las personas y lugares que habían sido importantes en mi propia formación dentro de Kyokushin.
Lo invité a viajar conmigo a Japón para presentarlo a mis profesores y acercarlo a la organización internacional. También viajamos juntos a Carolina del Norte, donde pudo conocer a otros maestros y ampliar progresivamente sus relaciones dentro del mundo de Kyokushin-kan.
Poco a poco, aquel alumno hondureño que había aparecido accidentalmente en una clase de karate en Costa Rica comenzó a construir su propio camino. Y Honduras siguió creciendo.
Mirar atrás
Hoy, muchos años después, la dimensión que ha alcanzado la comunidad hondureña habría sido difícil de imaginar aquella tarde en Pinares. Lo que comenzó con dos jóvenes hondureños entrando accidentalmente a una clase diferente terminó convirtiéndose en una comunidad que hoy reúne a cientos de practicantes. Y eso me produce un profundo orgullo.
Es importante decirlo: el crecimiento posterior de Honduras es producto de muchos años de trabajo de Tulio, sus instructores, sus alumnos y las familias que creyeron en el proyecto.
Ninguna idea se convierte en una comunidad de cientos de personas únicamente porque alguien tuvo la idea. Hay que trabajarla durante años. Tulio lo hizo.
Nuestros caminos y nuestras formas de operar fueron evolucionando con el tiempo. Tamashii Honduras desarrolló progresivamente su propia comunidad bajo la dirección de Tulio, mientras desde Costa Rica continuamos desarrollando nuestros programas, metodología y nuevos proyectos. Pero la distancia y el paso de los años no cambian la historia.
Y tampoco cambian el cariño que sentimos por muchas de las personas que conocimos durante aquellos primeros años.
Actualmente, alumnos de Costa Rica continúan viajando para participar en actividades y torneos en Honduras y siempre desearemos éxito a quienes alguna vez comenzaron aquel camino junto a nosotros.
Un aprendizaje que continúa
Honduras nos enseñó muchísimo. Fue nuestra primera experiencia llevando a otro país algo que durante años habíamos construido en Costa Rica. Nos enseñó sobre formación de instructores, adaptación a nuevos mercados, colegios, operaciones, acompañamiento y sobre todo, la enorme responsabilidad que significa confiarle a otra persona una cultura y una forma de enseñar.
También confirmó algo que habíamos intuido desde aquella primera conversación: un modelo que había aprendido a diferenciarse y sobrevivir dentro del competitivo mercado costarricense podía tener un enorme potencial al introducirse en un mercado donde ese tipo de oferta prácticamente no existía.
Muchos de aquellos aprendizajes forman parte de la experiencia que hoy utilizamos mientras Tamashii comienza una nueva etapa de expansión internacional, incluyendo nuestro nuevo proyecto en Ecuador.
Los modelos evolucionan. Las estructuras se profesionalizan. Los errores enseñan. Las experiencias se acumulan. Pero los orígenes permanecen. Por eso quería dejar escrita esta historia. No como una historia exclusivamente mía ni exclusivamente de Tulio.
Es la historia de muchas personas: Milton y aquella llamada inesperada; Miguel y Tulio entrando a aquella primera clase; los padres de Tulio apoyando una decisión difícil; los directores de colegios costarricenses que escribieron cartas para abrirnos puertas; las instituciones hondureñas que confiaron en nosotros; el gimnasio que le dio hogar al primer dojo; Mario ayudando en aquellos primeros torneos; los instructores que fueron formándose; y cientos de familias hondureñas que posteriormente hicieron suyo el proyecto.
A veces las cosas grandes comienzan de maneras extraordinariamente pequeñas. En nuestro caso, comenzó con una llanta estallada, una clase que necesitaba profesor y dos muchachos hondureños que aquel día descubrieron una forma de karate diferente a la que imaginaban.
Uno de ellos decidió quedarse. Años después, aquella decisión se convirtió en Tamashii Honduras.
Y haber podido participar en su nacimiento, en la formación de su primer instructor y en sus primeros años de desarrollo siempre será una parte importante de la historia de Tamashii.