Una reflexión sobre el combate, el honor y una de las últimas grandes preocupaciones técnicas de Kaicho Hatsuo Royama
Durante muchos años miré la mesa principal de los campeonatos mundiales y del All Japan desde afuera.
Como competidor, aquella mesa me parecía simplemente el mejor lugar para observar los combates. Desde ahí estaban las principales autoridades de la organización, los grandes maestros, el Kaicho.
Yo imaginaba que probablemente hablaban de lo evidente: “Ese competidor es muy bueno.” “Qué buena técnica.” “Qué gran pelea.”
Con los años tuve el privilegio de acercarme a esa mesa, de sentarme junto a Kaicho Hatsuo Royama y a Kancho Hiroto Okazaki. Pude escucharlos analizar cientos de combates y posteriormente de continuar muchas de aquellas conversaciones, caminando, comiendo o viajando juntos.
Entonces entendí algo que antes no había comprendido.
Ellos no estaban solamente viendo quién ganaba el torneo. Estaban observando hacia dónde estaba yendo nuestro karate.
Un campeonato era también un laboratorio.
Las reglas producen comportamientos. Los comportamientos repetidos terminan modificando la técnica. Y cuando la técnica cambia para adaptarse exclusivamente al reglamento, eventualmente puede cambiar también el arte marcial.
Por eso aquella mesa no servía solamente para determinar quién era el mejor competidor. Servía también para hacerse una pregunta mucho más importante:
¿El karate que estamos viendo sigue siendo budō karate?
Hay algo que últimamente observo en diferentes competencias de karate de contacto y que, personalmente, me resulta profundamente preocupante. Un competidor recibe un roce accidental del puño en la cara y cae al suelo como si hubiera recibido un golpe devastador. Se queda tendido. Hace gestos. Espera la intervención de los árbitros y todos sabemos perfectamente lo que está intentando conseguir.
En fútbol existe incluso una expresión para esto: el “piscinazo”. Exagerar una falta buscando engañar al árbitro para obtener una ventaja deportiva.
Podemos discutir si eso forma parte o no de la estrategia en determinados deportes. Pero estamos hablando de karate. Estamos hablando de budō. Desde mi perspectiva, fingir deliberadamente una lesión para conseguir que castiguen o descalifiquen al adversario debería ser considerado una falta gravísima, incluso motivo de descalificación.
No importa si quien lo hace es principiante, campeón nacional o campeón mundial. Porque el problema no es solamente reglamentario, es mucho más profundo. Es un problema de karate.
Primero, porque estás mintiendo. Segundo, porque estás intentando obtener mediante el engaño algo que tu karate no consiguió. Y tercero, porque estás colocando un trofeo por encima de tu honor.
Se transformando progresivamente un arte marcial en un juego diseñado alrededor del reglamento.
Si para ganar necesito convencer a un árbitro de algo que yo sé que no ocurrió de esa manera, entonces quizá gané la competencia, pero no estoy seguro de haber ganado como karateka.
La gran contradicción del Kyokushin
Durante décadas hemos escuchado una crítica desde otras artes marciales: “Los peleadores de Kyokushin no saben defender los golpes de puño a la cara.”
A muchos practicantes de Kyokushin esta afirmación les molesta. A mí no, porque hay que tener el valor de reconocer que en muchos casos, tienen la razón.
Cuando las reglas eliminan durante décadas una amenaza, nuestro cuerpo termina comportándose como si esa amenaza no existiera.
Podemos desarrollar una extraordinaria resistencia física, patear con una potencia impresionante, intercambiar golpes al cuerpo a centímetros del adversario. Pero la calle no conoce nuestro reglamento.
En la calle una persona puede agarrarnos, derribarnos, golpearnos en la mandíbula, puede utilizar un codo. Puede atacar mientras estamos entrando.
Y si nuestra postura, nuestra distancia y nuestros hábitos de combate solamente funcionan porque sabemos que el adversario tiene prohibido golpearnos con el puño en la cara, tenemos que hacernos una pregunta incómoda: ¿Estamos desarrollando karate o estamos desarrollando especialistas en un reglamento?
Esta fue una preocupación recurrente de Kaicho Royama. Durante sus últimos años se volvió todavía más importante.
La distancia cambia todo
Recuerdo muchas conversaciones con Kaicho acerca de ese intercambio de golpes extremadamente cercano que se volvió habitual en determinados combates de Karate Kyokushin.
Dos competidores prácticamente pecho contra pecho intercambiando golpes al cuerpo. Puede ser impresionante desde el punto de vista físico, pero Kaicho veía un problema: a esa distancia, si eliminamos artificialmente las restricciones del torneo, aparecen inmediatamente otras posibilidades: un puño a la cara, un agarre, un desequilibrio, un derribo, un codazo, etc.
De pronto, muchas de las cosas que funcionan perfectamente dentro del reglamento dejan de tener sentido.
Por eso Kyokushin-kan comenzó a replantearse elementos importantes de su sistema de combate y sus reglas.
Había que recuperar la distancia. Había que recuperar la conciencia de la cara.
Había que recordar que el adversario podría golpearnos donde el reglamento no se lo permite, porque el reglamento debe ayudarnos a desarrollar karate. El karate no debería deformarse para servir al reglamento.
El día que un puño me costó una final
Hace algunos años estaba disputando una final en Nueva York contra un peleador canadiense Justin Mancini.
Justin era campeón de Canadá, campeón en Estados Unidos y en mi opinión, uno de los mejores peleadores que he visto en América.
Durante un intercambio de puños ocurrió algo accidental. Justin lanzó una combinación y uno de sus golpes terminó entrando directamente en mi mandíbula. Fuerte. Me sacudió.
Recuerdo que inmediatamente me toqué la boca porque pensé que estaba sangrando. Podría haberme tirado al suelo. Podría haber detenido el combate, podría haber exagerado el golpe. Quizá podría haber conseguido una penalización. Quizá incluso podría haber terminado levantando el trofeo, pero no lo hice.
Y ocurrió algo mucho peor para mí desde el punto de vista competitivo: en ese instante de distracción, Justin atacó inmediatamente con una técnica de kaiten do mawashi geri y me noqueó. Perdí la final.
Durante años he recordado aquel combate y hoy pienso que, si pudiera regresar a ese instante sabiendo exactamente lo que iba a ocurrir, volvería a hacer lo mismo. Porque quizá tirándome al suelo habría quedado oficialmente en primer lugar, pero yo siempre hubiera sabido que no gané… y esa diferencia importa.
¿Queremos producir campeones o karatekas?
El karate deportivo ya nos ha mostrado hasta dónde puede llegar esta contradicción.
En los Juegos Olímpicos de Tokio vimos una de las imágenes más paradójicas que puede producir un arte de combate: un competidor terminó obteniendo la medalla de oro después de haber quedado inconsciente por una técnica de su adversario, debido a que el golpe fue considerado de fuerza excesiva según el reglamento.
Podemos discutir durante horas si aquella decisión arbitral fue técnicamente correcta. Ese no es mi punto.
Mi pregunta es: ¿qué nos dice una situación así sobre la distancia que puede existir entre ganar bajo un reglamento y vencer en un combate? Son dos cosas diferentes.
Un budoka debería comprender esa diferenci y este fue una de las últimas preocupaciones técnicas de mi maestro
Durante muchos años escuché al Kaicho Hatsuo Royama hablar sobre esto en campeonatos, en la mesa principal, durante almuerzos, caminando o en conversaciones privadas. No era una ocurrencia ocasional. Era una preocupación sobre la evolución del Kyokushin.
Especialmente durante sus últimos cinco años, Kaicho insistió cada vez más en la necesidad de revisar la forma de combatir, las distancias y las reglas de Kyokushin-kan.
Hoy, después de su partida, aquellas conversaciones tienen para mí otro peso, porque comprendo que no estaba simplemente hablando de cómo hacer más atractivos los torneos. Estaba hablando de qué karate íbamos a entregar a la siguiente generación.
Kyokushin-kan siempre ha defendido una idea fundamental: Karate no es solamente competición. Karate es entrenamiento para toda la vida. El torneo es importante. Ganar es importante. Ser campeón es extraordinario. Pero ninguna medalla puede estar por encima del budō. Si una regla comienza a producir comportamientos contrarios al espíritu del karate, hay que revisar la regla.
Si una forma de competir desarrolla hábitos que serían peligrosos en un enfrentamiento real, hay que revisar nuestra forma de combatir.
Y si para ganar necesitamos mentir, exagerar o engañar al árbitro, entonces debemos preguntarnos qué estamos intentando demostrar cuando entramos al tatami.
Kaicho me enseñó muchas cosas durante veinte años. Algunas fueron técnicas, otras fueron humanas.
Quizá una de las más importantes fue comprender que preservar una tradición no significa congelarla.
Preservarla significa tener el valor de corregirla cuando empieza a alejarse de su propósito.
Por eso el Kyokushin debe seguir evolucionando. No para convertirse en un deporte más sino precisamente para evitarlo.
Porque al final, cuando desaparecen los árbitros, las medallas, las graderías y los trofeos, queda una sola pregunta:
¿El karate que practicamos funcionaría si nadie estuviera ahí para detener el combate?
Si dejamos de hacernos esa pregunta, podemos seguir produciendo grandes campeones, pero algún día podríamos descubrir que, en el camino, dejamos de producir karatekas.
Osu.
— Shihan Mauricio Carranza